CRÓNICAS DE INFANCIA: LA FAMILIA, LOS REYES Y LA BICICLETA
Gracias Nia Martinez por inspirar con tus textos los recuerdos de mi infancia.

Esa mañana la ansiedad lo levantó temprano, incluso más temprano que el día anterior, que había sido Reyes. Y eso era mucho decir, porque ya se había levantado muy temprano en Reyes para ver lo que le habían dejado junto a sus zapatos y también, pero un poco menos, para ver si los camellos se habían tomado el agua y comido el pasto que les juntó la tarde previa en el jardín de al lado, a última hora para que fuera pasto fresco, cuando lo llamaban para que entre a la casa porque en un ratito iba a estar la comida; aunque todavía no era de noche porque en verano oscurece más tarde.
Durante las vacaciones no había horario para levantarse; sin la responsabilidad de asistir a la escuela ni de cumplir con tediosas tareas para el hogar él era absolutamente multimillonario en tiempo, y como buen millonario manejaba su fortuna como se le antojaba –a no ser que a sus padres se les antojara otra cosa–, aunque sin tener conciencia del invaluable patrimonio que poseía ni de lo mucho que lo extrañaría al convertirse en adulto. Los veranos eran una agradable sucesión de días sábados, tenía permitido acostarse más tarde y se despertaba cuando le llegaban los ruidos que hacía su mamá, que siempre se levantaba antes que él y hacia las cosas de la casa (en esa época la mayoría de las mamás no trabajaban afuera de sus hogares y todos los días hacían las cosas de la casa, y en general cuando se hacen las cosas de la casa se hace un poco de ruido).
Si hubiera sido por él ni siquiera se habría ido a dormir la noche del día de reyes, pero sus padres no compartieron esa decisión y debió cerrar fuerte los ojos para dormirse cuanto antes y que se haga de día pronto. No se explicaba cómo pretendían, mamá y papá, que no sintiera esa ansiedad que sentía por usar su regalo, por aprender a usarlo. Sentía también que con el método de papá, que lo corría desde atrás y lo soltaba de a ratos durante tramos cortitos, el aprendizaje se iba a demorar demasiado. Esa mañana, el día después de Reyes, no estaba seguro de haber dormido algo, pero en cuanto abrió los ojos para espiar y vio los renglones que se formaban en la persiana con las capsulitas de luz que se filtraban y que se proyectaban en la pared, supo que era el momento de seguir practicando con su nuevo regalo. Se eyectó de la cama, era tan temprano que sus padres y su hermano dormían profundamente y ni lo escucharon cambiarse e irse para el fondo, al patio de los abuelos. Desde la pieza salió al patiecito interno, temió fugazmente que la puerta del patio grande pudiera estar cerrada con llave pero no dudó ni un segundo en manotear el picaporte y comprobar que no, que estaba abierta, lo que significaba que los abuelos también estaban despiertos, pero eso no era extraño porque salvo a la hora de la siesta los abuelos siempre estaban despiertos y siempre estaban en casa (en esa época los abuelos tampoco trabajaban, eran jubilados y sólo les preocupaba ser abuelos y ser cariñosos con los nietos). Corrió a lo largo del pasillo pegadito contra la pared de la ventana porque en la otra pared estaba el tren interminable de macetas, macetones, y latas de todos los tamaños, innumerables vagones habitados por una frondosa vegetación que representaban para él a todas las variedades de flores y plantas del planeta. Llegó por fin al patio descubierto y vio a sus abuelos sentados bajo la sombra al mismo tiempo que lo invadía un fuerte olor a jazmines; tomaban unos mates con bizcochitos de grasa, de los que el almacenero sacaba de una lata cubica con un ojo de buey al frente y te los ponía en una bolsita transparente arriba de la balanza, y uno soñaba con tener una lata de esas porque servía para jugar al astronauta. Saludó a la pasada casi sin saludarlos porque su objetivo estaba guardado en el galpón del fondo y no quiso demorarse. Cuando los Reyes Magos te dejan una bicicleta, y esa bicicleta es tu primer bicicleta, y uno no fue criado como un niño pretencioso, y además uno no tenía depositadas muchas esperanzas en el regalo de los Reyes por una cuestión de experiencias previas de mucha austeridad…, cuando todo eso se junta, no te importa nada si la bicicleta que te dejaron es usada, ni siquiera importa si a la bici la conoces de antes porque era de una vecinita que se llama Jorgelina y ahora los Reyes le habían dejado a ella una bicicleta nueva, lo que importa es aprender a usarla y aprovechar la independencia que se gana con un vehículo propio.
Los golpes les dolieron más a sus abuelos que a él mismo, que estaba concentrado en aprender y no reparaba en moretones. Para la hora en que mamá y papá aparecieron buscándolo ya había adquirido un dominio cuestionable, que le alcanzaba para recorrer unos cuantos metros seguidos tambaleando por el patio; el problema era cuando había que doblar, ahí parecía que el manubrio se moría de miedo y temblaba más todavía. A media mañana ya era tiempo de dedicarse a otra cosa, las horas le transcurrían muy lentas cuando era chico, como si el mundo girara más lento para él que para los mayores –aunque no tenia ni idea de que el mundo giraba–. Inventar juegos, imaginar historias y aventuras, armar y desarmar escenarios, todo eso podía caber en cuestión de minutos, en un sólo día de niño le sucedían más emociones que en varios años de adulto. Antes de almorzar tuvo tiempo de revolver una vez más su cajón preferido del ropero de los abuelos, adonde estaban esas fotos sin colores con los bordes raros; de revisar las cosas de ferretería que se acumulaban en el último cajón del bajo mesada –el único que no tenia utensilios ni repasadores– para ver que se le ocurría hacer con lo que encontraba ahí; de ojear el libro grandote de tapas duras y fotos enormes de animales salvajes a todo color. Cuando se levantó su hermano, que estaba menos emocionado con los lentes de sol que le habían regalado los Reyes, se patearon penales mutuamente con aquella pelota de dieciocho gajos rectangulares. Ellos cuidaban mucho a esa pelota y cuando veían algún churrasco con grasa en la heladera Siam le pedían a su mamá que les guarde la grasa para frotarla por los gajos de la pelota, porque así les había enseñado papá que se preservaba el cuero (igual a veces la pelota se descosía o se pinchaba y había que llevársela al zapatero, que le cambiaba la cámara de látex que contiene el aire y la volvía a coser). El abuelo también se sumó a patear penales, pero al abuelo nunca le tocaba atajar, y le dio mucha risa cuando a su nieto se le ocurrió hacer un colchón para el arquero con los almohadones del juego de sillones de hierro que había en el patio; y también cuando interrumpió abruptamente un penal para salir corriendo a pedirle a su abuela que le cocine unos panqueques que después comerían con dulce de leche. El abuelo siempre se reía de sus ocurrencias y a él eso le encantaba; si el abuelo se sentaba le quedaba a la altura perfecta para pasar por detrás, con cara de distraído, y batirle el peinado que se endurecía con spray; y mientras se reía de la travesura de su nieto se volvía a acomodar el pelo con el peine chiquito que se guardaba en el bolsillo de atrás del pantalón. Eso pasaba unas setenta y cinco veces por día y el abuelo siempre se reía. Con un poco de suerte a la tarde lo dejarían manejar por la vereda, todo dependía del riguroso examen que a último momento le iban a tomar. Si se concentraba y andaba un rato derechito ¿quien te dice…? Por eso practicó un rato más antes del mediodía y juntó suficientes frutillas en los codos y en las rodillas cómo para ir a almorzar confiado de sus capacidades de manejo.
Después de comer su mamá se puso de nuevo el delantal con el que había cocinado y lavó los platos con esmero, él observó atentamente la escena de su madre haciéndose el nudo en la espalda y llegó a creer que se trataba de alguna clase de habilidad especial, ya que él tenía muchos problemas para atarse los cordones aunque los tuviera de frente. Las horas que seguían eran para jugar en silencio, por respeto a los que dormían la siesta y porque si no… cobraba; era un buen horario para las reflexiones que sólo se hacen en momentos solitarios como ese, cuando el silencio domina y las únicas que tienen permitido alterarlo son las chicharras cantándole al sol. Sus cochecitos recorrieron el mejor circuito que pudo construirles; los soldaditos de plástico verde libraron batallas cinematográficas en donde alternaron victorias con derrotas; las bolitas de vidrio podían circular al ras del suelo pero si repiqueteaban contra los baldosones serían detectadas por los adultos que dormitaban, y eso traería problemas ahora que intentaba tener un buen comportamiento para que más tarde lo dejasen salir con la bici; los bichos bolita hacían menos ruido que las bolitas de vidrio así que revisó en las baldosas flojas y tuvo éxito debajo de algunas.
Más o menos a la hora en que se terminaba la siesta empezaban los dibujitos en la tele, toda una hora de dibujos animados en alguno de los cuatro canales con chocolatada en mano, un lujo; y al terminar la programación infantil los abuelos seguramente ya habrían sacado las sillas a la vereda de casa y estarían tomando mates afuera, era el momento de ir a jugar a la calle. El abuelo vestía sus musculosas blancas de morley con innumerables rayitas verticales casi imperceptibles, pantalón de vestir gris, alpargatas con el talón metido para adentro y pisado, y una toalla colgando del cuello para combatir la transpiración sobre la cara. Con esa facha salía a ver la tarde pasar, sentado del revés en la silla para apoyar los brazos cruzados sobre el respaldo que le quedaba de frente. La abuela le cebaba mates con un repasador sobre las rodillas para no ensuciarse el vestido mientras trataba de sacarle un tema de conversación.
Los chicos de la cuadra fueron saliendo de a uno, y cada vez más casas tenían en su puerta a algunos adultos mateando y saludando a los vecinos. Los últimos chicos en salir, seguramente demorados en la ingesta de leche chocolatada, se acercaron al grupito que ya debatía cual sería el primer juego de la tarde; el número de jugadores era determinante para elegir el juego, y las condiciones estaban dadas para arrancar con una escondida, de esquina a esquina y sin cruzar la calle. Después jugaron al cigarrillo 43, a varias versiones de manchas, al poli-ladron, y hasta conversaron bastante mientras descansaban sentados en el portón de alguna casa separada de la suya. En la puerta de su casa se habían acumulado la mayoría de los vecinos adultos que después de saludar a lo lejos se acercaban a charlar con sus abuelos y sus papás y sus tíos.
Se acordó de la bicicleta cuando se hacía de noche, y los padres tuvieron esa excusa para decirle que hoy ya no, porque era tarde, mañana será otro día y ya vamos a ver.