Detesto -pero acostumbro- empezar dando una mala noticia. Aunque no sea una novedad hay que decirlo: nuestra generación ha perdido ya la batalla que no se podía ganar contra la modernidad. Y no contra la modernidad estética de los edificios vidriados e inteligentes, o del asfalto nuevo que tapa los antiguos empedrados, porque esa guerra ya la teníamos perdida desde hace mucho aunque sigamos lamentándola (como cuando veo películas del estilo “bar ‘el chino’”, o “Valentín”, y me dan ganas de llorar por la sencillez que perdimos). Hablo de las muchas otras variantes de modernidad que se nos entrometen por los poros, sigilosamente, hasta llegar a la conciencia hipnotizada. Modernidad de la que podrá hablarse bien y podrá hablarse mal con argumentos tal vez igualmente validos.
Esa lucha interna que sosteníamos contra la modernidad, nosotros, los de treinta en adelante, la perdimos mansamente. La perdimos haciendo mucho esfuerzo por mantenernos a tiro de las generaciones que vienen arañándonos la espalda y empujándonos a la caducidad. Es contra estas perseguidoras generaciones que perdimos.
No…, lo pienso mejor..., y tal vez perdimos contra nosotros mismos, que al intentar emparejarnos con lo moderno nos vencimos y nos vencemos cotidianamente. Vencemos al nenito –o la nenita– que se divertía tanto sin internet, sin sospechar internet, y sin nada que tenga que ver con tecnología, que creció adaptándose a lo nuevo y hoy se convirtió en un pelotudo con 30 años quejoso de los tiempos que corren, que quiere tener un celular con muchos chiches y alguna vez se entretuvo con un autito de colección por muchísimas horas, que pone en una página web las cosas que escribe y durante mucho tiempo uso hojas rayadas y birome para garabatear sus intentos de decir alguna cosa. Les ganamos a los niños que fuimos, destruimos nuestra forma de criarnos y de divertirnos para ganarles a los niños que supimos ser, y así fue que perdimos.
Pero ese tipo, éste tipo que escribe, no pude dejar de conmoverse cuando recuerda lo cerca del cielo que se sintió cuando logró tener su yo-yo “Bronco”, que por supuesto debía compartir con mi hermano. Después de algunos yo-yo de mala calidad, pero que igual lograban el dignísimo objetivo de entretenernos, pude sentir en mis dedos el profesionalismo. ¿Recuerdan cómo nos cambiaba la vida por unas semanas cuando venían los campeones del yo-yo a hacernos una demostración en el colegio…, y los del tiki-taka…? ¿Qué carajo pensará que es un yo-yo y un tiki-taka un chico que hoy tiene edad escolar? ¿Cómo o que pasó, cómo se le explica el juego de “la escondida” a las generaciones que no pueden imaginarse cambiar el canal de la tele girando una perilla mecánica y ruidosa?, no tienen idea de lo que es levantarse e ir hasta el televisor para elegir entre cuatro (después cinco) canales, no entienden que los “dibu” se televisaban sólo a las cinco de la tarde como una limosna para los chicos, mientras tomaban la leche. No podemos pretender que entiendan la “mancha venenosa”, o “la Mosca”, los pibes que hoy cagan a pedos a sus padres. No podemos esperar que no se burlen del “cigarrillo cuarenta y tres”, del “elástico”, de “saltar la soga”, quienes no saben que un teléfono celular era una exagerada ficción, una avanzadísima innovación tecnológica reservada para un súper agente del recontra espionaje que podía llamar al jefe con su zapato, y esa magia se la permitíamos a él pero sabiendo que no era posible más que en la televisión.
¿Qué se debe hacer para que salga a la calle a jugar tranquilo, él y los padres, un chico de esta época? ¿Recuerdan que un día de lluvia era lo peor que nos podía pasar porque no podíamos salir a jugar? Había que esperar a que la lluvia pare, y después de mucho insistir nos dejaban salir con las botas “Pampero”, pesadas y horribles, a pisar fuerte sobre los charcos que quedaban, sin ningún objetivo más que divertirse inmensamente, aún sabiendo que si volvíamos mojados a casa seríamos castigados. Pues bien, hoy los chicos juegan adentro de sus casas, y solos.
Hacer rápido los deberes para salir a jugar a la pelota hasta que se hiciera de noche, refrescarse cada tanto en las canillas de los jardines vecinos, que maravilloso plan. Jugar un “semáforo” y pedir un color rojo era ser sexualmente activos. Ir a “un asalto” era como si nos invitaran a una fiesta en la mansión Playboy; si podíamos llevar una Coca-Cola éramos casi adinerados, y si nos mandaban con un jugo preparado en casa… mala suerte. Había que conseguir el casete de Sergio Denis, o de Guillermo Guido, o de Cesar “Banana” Pueyrredón, para bailar lentos. Ir a tomar algo era comprarse un “naranju” en el kiosco de siempre.
Sospecho que todo aquello no pasó de moda porque sí, y quizás lo dejamos pasar nosotros por negligencia. Esos chiquitos que comíamos “mielcitas” y masticábamos chicle “jirafa” lo dejamos pasar porque queríamos ser grandes, o modernos. Nos complejizamos, al principio pensamos que era más copado tener un reloj jueguito que una pelota nueva. Después nos fue quedando menos tiempo para jugar a la pelota, hasta que se convirtió en una actividad de una hora fija, un día por semana. Y paso más el tiempo, y ya no nos pasábamos a buscar casa por casa para salir a jugar, nos mandamos un mensaje cada tanto para saber cómo andamos, conocemos a los hijos de nuestros amigos por las fotos de Facebook. Preferimos usar tarjetas de crédito a los billetes del estanciero, y creemos que esa cosa plástica es más real que los papelitos del juego. Recordando claves y nombres de usuarios nos olvidamos que era más divertido pisar las hojas secas en otoño que jugar en la computadora.
En fin..., perdimos entre páginas web la sencillez de una merienda con pan y manteca hundido en mate cocido. Navegando virtualmente hemos naufragado. Visitando sitios web de lugares lejanos del mundo se nos olvidaron las coordenadas precisas de cada baldosa floja en el barrio donde crecimos.
Mejor o peor, no lo sé. Lo que si sé es que extraño muchas cosas que el tiempo disolvió. Yo extraño ser un niño y por eso suelo darme el gusto de volver a serlo cada tanto, por unos segundos, hasta que inevitablemente regresan a posarse otra vez encima de mi cabeza las preocupaciones modernas. Yo extraño no tener miedo a saltar desde la hamaca en movimiento..., no pensar que me están mintiendo..., no temer que alguien me falte para siempre...
