Agradecimiento para Álvaro Arriola por su aporte
Dejemos de lado los otros compromisos sociales que la civilización generó para fastidiarnos la existencia y centrémonos sólo en una de las tantas ceremonias, de los tantos rituales no cuestionados por las sucesivas generaciones que aceptan repetirlos tal y cómo se les indica en el reglamento tácito de la vida: hablemos de los cumpleaños.
Los cumpleaños son el festejo por un aniversario de nacimiento, y las tradiciones populares le dieron ese nombre. Nótese el agudo juego de palabras, el ingenioso ardid para denotar veladamente, casi ocultando detrás del nombre “cumpleaños” que en esa fecha se festeja cumplir años. En éste caso años de vida. Pero si nos atrevemos a mirar hacia afuera de los moldes sociales adonde nos sumergen el cerebro, y nos permitimos analizar racionalmente lo ya establecido, podremos considerarlo un homenaje forzoso a la persona que los cumple, obligándolo a estar feliz en su día por el mero hecho de confiarle atribuciones mágicas al calendario; y es obligar también al resto de los mortales a demostrar alegría sólo porque Fulanito cumple años. Resulta que porque nacimos un día de un mes de un año, y esa fecha precisa se quedó grabada en el corazón de nuestras madres y en algunos papeles burocráticos de dudosa credibilidad, parece haber motivo más que suficiente para festejar cada año la llegada de ese día tan especial. Por suerte, en condiciones normales, la responsabilidad de celebrar su propio cumpleaños recae sólo una vez al año sobre cada persona oportunamente nacida, considerándose fraudulento un número menor o superior de cumpleaños anuales por persona.
(Quiero hacer ya mismo una piadosa advertencia a los improbables lectores de esta tediosa descripción de comportamientos humanos: para seguir adelante con el texto deberé recurrir, por incapacidad literaria y con pronunciado mal gusto lingüístico, a palabras horrendas: “Cumpleañero”, “homenajeado”, “lingüístico”, y tal vez otros adjetivos igualmente anoréxicos de belleza. Justifico el uso de tan atroces palabras dando por hecho que quienes continúen con la lectura –luego de estas angustiosas líneas iniciales– evidentemente carecerán de un aprecio particular por la lengua y la literatura).
La aproximación de la fecha de su cumpleaños le genera a cada persona un índice o grado de felicidad distinto, relacionado íntimamente con su propia naturaleza, pero afectado e influenciado por la elevación del número de años que el sujeto alcanza (…aquí cabe una explicación tan irrelevante como el resto del texto: …la edad que se cumple no se inaugura, sino que se abandona, como la palabra “cumplir” lo sugiere. El día que cumplimos años, pongamos por caso… los treinta…, ya empezamos a transitar el camino de los treinta y uno…, porque ese mismo día ya han pasado –ya se cumplieron– treinta años de nuestra existencia. Si se reemplaza “treinta” por un número N, y “treinta y uno” por N+1, se universaliza pretenciosa e inútilmente el ejemplo). Son considerados años bisagra, más o menos comunes a todo el mundo, de estrepitosa caída para este índice de felicidad, los treinta y los cincuenta.
En los primeros años de vida el festejo queda, por razones de capacidad organizativa, en manos de la orgullosa madre. Ella se ocupará de todos los detalles relacionados a la planificación de la fiesta, considerando al padre del niño su brazo ejecutor y su esclavo semivoluntario a merced de sus caprichos. El niño cumpleañero apenas se encarga de jugar distraídamente con los otros niños y de recibir los regalos con la ingratitud propia del desentendimiento; en los años posteriores comenzará a interesarse más en el regalo y proporcionalmente menos en el invitado. Pero con el avance de la edad todo empeora, se desvirtúa el festejo, se desvanece hasta convertirse en una reunión adulta con gastos a cargo del homenajeado; un pálido rejunte social al que asisten –para comer chizitos con ánimo festivo– las personas más cercanas y queridas del cumpleañero…, y también los familiares.
Durante el desarrollo de la irónica comedia que se actúa en cada fiesta de cumpleaños queda abierta la posibilidad de interpretar variados roles, pero se puede simplificar todo ese universo grotesco a dos grupos claramente identificables, definidos, y antagónicos:
Grupo A: Los invitados, concurrentes, partícipes. Son quienes no cumplen años ese día.
Grupo B: El anfitrión, homenajeado, cumpleañero. Solitaria figura que intenta en vano disfrutar, soportando el sentimiento de que los demás se han enterado de algo que él aún desconoce.
Los cumpleaños estándar implican algunas tareas pesadas que el grupo B debe emprender. La modernidad ha encontrado nuevas formas de celebrar los cumpleaños en restaurantes, salones de fiesta, boliches bailables, etc., pero son modalidades que hoy no analizaremos por ignominiosas. A continuación se listarán las tareas del cumpleaños estándar, el que se hace en la casa y a pulmón, el que está a nuestro alcance.
Listado de tareas a realizar por el grupo B:
- Comprar comida y bebidas dudando angustiosamente de las cantidades.
- Recibir invitados jovialmente.
- Cocinar cantidades escandalosas de pizzas y empanadas.
- Servir a las demandas de los invitados.
- Controlar que no se queme la comida en el horno.
- Reponer bebidas y quitar los envases vacíos.
- Reunir a los presentes junto a la torta para cantar el “Feliz Cumpleaños” (ya hablaremos de ese pseudo tema musical llamado “Feliz Cumpleaños”).
- Cortar la torta y distribuirla equitativamente.
- Despedir a todos con agradecimiento.
- Limpiar y lavar.
- Ordenar.
Listado de tareas que se sumarán a las anteriores si se tratase de un cumpleaños infantil:
- Confeccionar o adquirir invitaciones para fiestas infantiles, donde se detallará el lugar, la fecha, y la hora del evento.
- Repartir invitaciones a niños que, salvo excepciones, no saben leer.
- Vaciar los pulmones adentro de globos de látex.
- Atar un piolín a cada globo.
- Colgar en las alturas los racimos multicolores formados con los globos para despertar la codicia de los niños.
- Negociar con las madres que intentan prematuramente retirar de la fiesta a sus hijos, explicándoles que todavía no se cortó la torta.
- Intentar desprender un globo del manojo cortando el piolín con la mano.
- Conseguir un cuchillo para cortar el piolín porque nos lastimamos la mano.
- Procurar que cada invitadito se vaya con su globo.
Mientras todas estas tareas son ejecutadas por el supuesto homenajeado, el grupo A ejecutará otras, notablemente más cómodas y llevaderas.
Listado de tareas a realizar por el grupo A:
- Asistir
- Consumir
- Demandar
El comportamiento a asumir en un cumpleaños dependerá entonces del grupo que integremos. Pero tomemos distancia de las explicaciones generales para revolcarnos en el charco de los comportamientos particulares. Debemos reconocer a esta altura que el rol más sencillo de interpretar en una fiesta de cumpleaños es el de invitado, incluso cuando la palabra “invitado” pudiera no describirnos acertadamente o no corresponderse por entero con la realidad. Lo mejor es no ser el que cumple años, digámoslo de una vez. Y el motivo es, sencillamente, que habita en los invitados un sentimiento pérfido contra al grupo B. Aunque pretendan mostrarse arrepentidos materializando su arrepentimiento en un regalo conciliador que entregan como ofrenda, en busca de redención. Pero también hay buenas noticias: ejercer de invitado es mucho más frecuente que ser el cumpleañero. Una caterva de irracionales –en complicidad con las locutoras de FM– sostienen la postura contraria, aludiendo a que resulta muy gratificante ser visitado, recibir el saludo y las felicitaciones en demostración del cariño que nos hemos ganado, y algunas otras cursilerías del mismo estilo que prefiero omitir. Otra vertiente, con argumentos más ligados a lo material, predica que el beneficio de cumplir años está ligado a la recepción de regalos, una costumbre que por estos años tiende vertiginosamente a la extinción. Pero lo cierto, lo concreto, es que resulta muy incómodo soportar a los invitados más entusiastas, los que quieren saludar al cumpleañero con un tirón de orejas por cada año de vida, los que repiten chistes prefijados para la ocasión vociferando y poniendo cara de decir genialidades. Porque el buen invitado tiene una función secreta e inconsciente, que está predestinado a cumplir aunque lo ignore: evitar que el anfitrión disfrute de la fiesta. Y activar los mecanismos necesarios para lograr el objetivo de los invitados no conlleva mayores dificultades, de hecho no todos los invitados conocen explícitamente su misión pero indefectiblemente la cumplen, ya que se trata de comportamientos instintivos que florecen espontáneamente. Por ser consecuente con la innecesaridad de todo el presente texto, describiré algunos comportamientos típicos en un cumpleaños, para cuando le toque a usted ser uno de los invitados:
El estado de ánimo
Cuando el anfitrión lo reciba intente percibir el estado de ánimo del mismo para luego actuar con espíritu moderadamente opuesto. O sea, si el cumpleañero pretende vivir el evento como un día cualquiera se deberá actuar como si asistiéramos a un evento extraordinario, ser efusivo en exceso, emocionarnos si nos es posible, y no dejar pasar la oportunidad de infringirle dolor con tirones en la oreja contando el número de años que se celebran; en cambio, si detectamos que el personaje principal vive su fiesta con humor exultante, se lo saluda como quien saluda a un hermano que acaba de despertarse en la cama de al lado.
Boicot a la integración
Se deben formar grupos reducidos de conversación que desbaraten la unidad temática de la reunión. De ésta manera, el anfitrión debe recorrer los diferentes grupos intentando participar en todos, ocupándose así de una tarea que sólo puede terminar en fracaso. No se hacen esfuerzos en dejar afuera de las conversaciones al anfitrión cuando se acerca a nuestro grupo, es algo que ocurre naturalmente sin que nadie se lo proponga.
Ofrezca ayuda por compromiso
Alternada y reiteradamente ofrezca su ayuda en la cocina, o para servir las mesas, o para cualquier tarea. Utilice preguntas irritantes: “¿te ayudo en algo…?”. Dejando que se vea claramente que la pregunta es por cortesía, sin ninguna intención real de colaborar. Esto es particularmente efectivo para instalar en el anfitrión una creciente duda sobre la calidad de la fiesta, y al mismo tiempo aporta un fastidio agotador en los atareados cumpleañeros que cordialmente deben contestarle a usted que no, que su ayuda no hace falta mientras corren de un lado a otro.
Abstracción del entorno
Reúna las migas de la mesa ya desabastecida y juegue con ellas arrastrándolas por el mantel con su dedo menique, multiplíquelas en migajas más pequeñas. Si otro invitado ya ocupo ese papel busque un corcho y simule entretenerse mirándolo vagabundear entre sus dedos, luego amasándolo, y finalmente desintegrándolo. Si también está ocupado ese rol todavía le queda la opción de doblar chapitas de cerveza convirtiéndolas en mejillones pequeños, coloridos y metálicos; o escoja una tapa abandonada de gaseosa para posarla de canto sobre la mesa y presiónela con el dedo índice para hacerla rodar con aceleración fugaz sobre su propio eje. Se puede improvisar cualquier otra actividad que muestre de manera contundente el aburrimiento al que la fiesta lo somete.
La torta
Critique a los gritos la decoración de la torta, siempre en desmedro del cumpleañero, no importa cuál sea la decoración, independientemente de ella el invitado deberá pronunciar su desacuerdo. Si con arte repostero alguien escribió el nombre del homenajeado con chocolate sobre la torta, usted insista en que debería estar escrito el apodo, o viceversa. No olvide destacar, cuando sea evidente, que la torta ha sido comprada y no es de elaboración casera (lo cual parece devaluarla y desacreditarla); y si se tienen dudas de su procedencia… sembraremos la duda. Para el caso de no poder negar el origen casero de la torta se deberá preguntar con tono inquisidor y gesto de disconformidad quién ha sido el encargado de confeccionarla, pero callando toda crítica; así se dará a entender que lo que se tiene para decir es tan grave que preferimos llamarnos a silencio.
El “Feliz Cumpleaños”
Usted puede elegir entre cantar muy fuerte el “Feliz Cumpleaños”, o desafinando, o cantarlo en otro idioma; se recomienda insistir en cantarlo de nuevo, o cantar versiones menos populares; así se contribuye a desbaratar psicológicamente al homenajeado. Es siempre muy interesante ver con qué cara resuelve éste la situación, ya que los estamos haciendo atravesar su momento más incómodo del año. Si alguien duda que se trata de un momento poco feliz analicemos la canción: ¿porqué lo presionamos con tanta insistencia, porqué gemimos en coro nefasto amenazándolo y obligándolo a “¡…que los cumpla feliz!”; por qué como una horda confabulada, y sin pretensiones de entonar, aullamos los cuatro versos del “Feliz Cumpleaños” y en tres… –tres de cuatro– le exigimos “¡…que los cumpla feliz!”?. Sólo un verso no se repite, el tercero, allí se debe encajar a la fuerza el nombre del cumpleañero, como se pueda, porque usted habrá notado alguna vez que resulta imposible la inserción prolija de nombres bisílabos, y hay que estirar groseramente alguna vocal para salir del paso. Desenmascaremos al “Feliz Cumpleaños”, sólo sirve para nombres de tres o más silabas. Los invitados más lúcidos utilizan la técnica del diminutivo, generalmente adecuada para acondicionar e incrustar nombres bisílabos a la métrica del verso tercero, el resultado de ésta técnica puede comprobarse con un ejercicio simple: cante el “Feliz Cumpleaños” con el nombre “Pablo”…, después de hacerlo y verificar que el resultado fue horrible pruebe cantarlo de nuevo pero con “Pablito”… ¿Vio?
Postergar la despedida
Los que mejor cumplan su papel de invitado se quedarán hasta el último momento; pero todos, desde el primero hasta el último en retirarse, antes de concretar la retirada, amagará varias veces con saludo incluido, e inmediatamente después del saludo encontrarán súbitamente un nuevo tema de conversación que se quedarán a desarrollar. El objetivo es estirar todo lo posible la despedida, prolongarla indefinidamente, hacer interminable el momento en que nos acompañan hasta la puerta y aún con los abrigos en la mano mantendremos una charla dilatada. Para cuando se acaben los recursos y nos retiremos verdaderamente el invitado expondrá un comentario que se reservó para éste momento, justo antes de morderse el labio inferior con los dientes superiores señalara el desorden que la reunión le deja cómo saldo al dueño de casa, y el profundo trabajo de limpieza que se deberá realizar, es entonces cuando nos da pie para preguntar, sin real intención de ayudar –una vez más–, si necesita que lo ayudemos.
Se podría continuar con el listado de actitudes maliciosas en las fiestas de cumpleaños, pero conformémonos con las mencionadas hasta aquí, considerémoslas los pecados capitales del invitado. Hablemos ahora del caso menos frecuente, de cuando nos toca cumplir años a nosotros y sufrir las consecuencias. No hay solución que alivie el trance, sepámoslo, por mucho que intentemos evitarlo la fecha nos alcanzará siempre. Ocultarla es una tarea complejísima que los invitados evitarán eficientemente, ellos recuerdan o averiguan la fecha indefectiblemente. Habrá que resignarse y esperar a que la fiesta termine, intentar sonreír ante los invitados aunque logremos apenas un precario boceto de sonrisa estereotipada que desnudará nuestra mal escondida cara de idiota, la famosa cara de feliz cumpleaños. Exageradamente poco se puede hacer para transcurrir mejor nuestra propia fiesta, apenas una tibia resistencia se puede ejercer y es difícil de aplicar en la mayoría de los casos: consiste en no hacerse cargo de nada, delegando a terceros todas las tareas que se consideran propias del anfitrión. No tenga esperanzas de pasarlo bien… pero…, si todavía conserva algún retazo de juventud combativa en su interior, el utilizar maniobras que estorban las jugadas de los invitados puede darle alguna ligera sensación de asomo a la satisfacción. Pruebe, si se anima, las siguientes estrategias:
La recepción
Muestre solapadamente que no esperaba recibir al invitado que acaba de llegar, hágalo sentir no invitado aunque usted mismo le haya avisado del evento. Busque hacerlo sentir incomodo, confúndalo con su estado anímico. Si le trajeron un regalo ábralo inmediatamente, sin leer la tarjeta, examínelo con el seño fruncido y –esto es importante– no haga ningún comentario.
La interacción
No deambule la fiesta ni circule por los grupos que han establecido los invitados, no trate de compartir el tiempo con ellos, si nos limitamos a un puesto fijo sin moveremos en toda la velada cuando algún invitado pretenda interactuar con nosotros –cosa que raramente sucede– se verá obligado a trasladarse hasta donde estamos.
Delegación de tareas
Cuando le pregunten si necesita ayuda conteste que si y encárgueles de inmediato la tarea que usted estaba realizando; ahora usted está libre, siéntese y siga pasándola mal… pero sentado.
El servicio
Desentiéndase de la diversión y de las necesidades de los invitados, pase por alto las carencias de bebida y comida que se advertirán en la mesa y ante los reclamos –que no tardarán en oírse– instruya a los invitados sobre los sitios adonde pueden dirigirse en busca de lo que solicitan, mencionándoles que se sientan con la confianza necesaria para auto-servirse.
Elimine la torta
Si usted mismo interviene en la organización de su fiesta –no quiero entrometerme en el tenebroso universo de las fiestas sorpresa– anule la presencia de torta. Aunque nunca –no espere milagros– lo eximirán de cantarle el “Feliz Cumpleaños”. Siempre habrá alguno entre la concurrencia que fingirá ingenio ante la notoria carencia de torta, y propondrá soplar las velitas insertándolas sobre una macita seca, un alfajor de maicena, o un cubanito relleno de dulce de leche.
Enfrentar lo inevitable
No hay nada que usted pueda hacer para evitar sentirse un pelotudo cuando le cantan el “Feliz Cumpleaños”, por eso es recomendable que el encargado de cortar la torta nunca sea el anfitrión, para evitar que inserte el cuchillo en la yugular de quien arenga el canto de otro “Feliz Cumpleaños”. Una única aproximación de venganza minúscula se nos habilita en éste terrible momento: esperar pacientemente a la tercera oración y mirar con burla a los invitados, que siempre olvidan ponerse de acuerdo; entonces, escuchar con satisfacción fútil cómo se apagan las voces al pretender encajar en ese verso una confusión de nombres, apodos, y diminutivos con que nos llaman habitualmente. Conviene, para contribuir a la confusión sonora, que los invitados no se conozcan todos entre sí, que provengan de ámbitos distintos, esforzándonos con anterioridad por conseguir que en cada ámbito nos asignen apodos diferentes (y de dos silabas).
Apresure la retirada
Proponga que lo ayuden a levantar el desorden. No logrará que lo ayuden con esa tarea, pero ahuyentará a los que aún no se habían retirado.