PARTICIPAR Y COMUNICARSE


CAÑO DE MARADONA, SUMISIÓN DE PELÉ, EXPULSIÓN DE MESSI

La leyenda confirmada de nuestro señor, Diego Armando Maradona, como me gusta contarla a mí, empieza con un caño atorrante y premonitorio. Su historia empieza antes, pero historia tenemos todos los mortales. La mayoría nos quedamos ahí, en una historia cortita y simple, sin demasiado relieve. Otros, muy pocos, sobresalen del resto por algo que los hace extraordinarios, y así se convierten en leyendas o mitos que traspasan generaciones. El caso de Diego es particular, a veces cuesta distinguir entre su historia y su mito. Él tiene orígenes humildísimos, como tantos otros futbolistas; se destacó en un imbatible equipo infantil con leyenda propia, “Los Cebollitas”; y siendo alcanza pelotas ya deslumbraba a los espectadores, en los entretiempos, regalándoles prodigiosos malabares con una número cinco que nunca dejaba caer al piso. Y si bien con sólo uno de esos antecedentes alcanza para crearle un buen comienzo de leyenda a cualquier futbolista destacado, en Maradona sólo son partecitas de su historia, momentos que decoran algún capítulo de su extensa biblia. Se podría empezar a contar quien fue Maradona con cualquiera de esas anécdotas, pero hay una mejor opción, más prometedora. Su leyenda, bien contada, arranca con un caño:

…era su debut en la primera división del fútbol argentino, a pocos días de cumplir 16 años se le cumplía el primer sueño. Por aquellas décadas los jugadores de fútbol eran señores maduros, de aspecto recio, y Diego era apenas un pibito pero prometía mucho. Después de consultar a quienes lo conocían de las divisiones inferiores para asegurarse de que realmente el pibe estaba preparado, el técnico de aquel equipo se animó a figurar en un rinconcito de la historia haciéndolo debutar, aún con esa corta edad y ante esos tipos duros. Había una expectativa limitada, escuálida, incluso en el ámbito local. Del partido no se esperaba mucho, lo cubrieron muy pocos periodistas, no se televisó y apenas existen unas fotos borrosas. Quizá los vitalicios cuchichearon al darse cuenta: “va a entrar el pibe que hace jueguitos…, el Cebollita de los entretiempos…”. Se dice que la indicación del técnico fue sencilla: “Vaya Diego, juegue como usted sabe, y si puede tire un caño”. Diego Armando Maradona entró a la cancha con todo el peso de los rulos que se le amontonaban encima de su pequeña estatura, después reveló que las piernas le temblaban secretamente, pero cuando le llegó la pelota, la primera pelota que tocó en su debut, el Pelusa es tan crack, tan atorrante, le sobra tanto potrero y tiene tantas ganas, que le metió un caño atrevido y escurridizo a Juan Domingo Cabrera, el primer rival que le pasó cerca.

Un comienzo inmejorable para la leyenda de un futbolista. Casi no hace falta contar el resto porque ese caño, en esa situación, ya parece vaticinarnos todo lo posterior.

Pero Maradona no fue el único futbolista que alcanzó status de mito, antes de Maradona jugaba un tal Pelé que tuvo lo suyo como para dejar de tener sólo una historia y construirse también una leyenda. Leí alguna vez… pero ahora no recuerdo adonde fue… una historia incomprobable sobre el debut de Pelé que se convirtió, para mí, en el comienzo obligado de su leyenda. Tampoco me acuerdo si se trataba de su debut en el Santos, o si era en la Selección brasileña…, a lo mejor era el debut en los mundiales, o tal vez con un pibe… No me acuerdo. (¡Pero la puta madre!, ¿Dónde fue que lo leí? ¡Mirá que lo busqué, para ver bien como era, pero no hubo caso…!). Lo que sí recuerdo es que allí se contaba algo parecido a lo siguiente:

…el técnico de aquel equipo sabía que el morocho era crack –no hacía falta ser un genio para saberlo–, entonces, al darle las indicaciones previas, para no ponerle presión al debutante, o para sacarle la que tenía, le dijo: “…Usted párese en el medio y toque cortito”. Yo, empezaría a contar desde ahí la leyenda del morocho amigo de la FIFA, aunque desconozco si se trata de un hecho real o imaginario. ¡Acá lo encontré,…acá está! (Lo seguí buscando porque si no lo encontraba me iba a quedar caliente), es un cuento de Fontanarrosa, “Uno nunca sabe” se llama. El cuento habla de otro tema, pero hay unas líneas que dicen así: “– ¿Sabes qué le dijeron a Pelé cuando debutó en Suecia?” (Era en un mundial nomás, el del ‘58) “– ‘Andate al medio campo y tocala corta.’ Eso le dijeron. [...] O sea. Hasta que se te pasen los nervios, no tratés de deslumbrar, no tratés de ser brillante, no tratés de meter el pase de gol...”

Me queda la intriga de saber si Pelé le habrá hecho caso al técnico. Tratándose del obediente jugador del que se trata es muy fácil pensar que si, que cumplió y tomó el consejo como una orden impartida. Lo que se sabe –y es casi comprobable– es que el negro hizo un gol cuando debutó con el Santos, fue el sexto gol de ese equipo al Corinthians en un partido no oficial que terminó 7 a 1; y que en su debut con la Selección brasilera metió un gol, fue jugando contra Argentina, y Brasil perdió por 2 a 1. Sin embargo, esos datos estadísticos sólo cuentan su historia, no califican para empezar una leyenda ni para hacerla atractiva, les falta magia, ninguno de esos datos convierten a nadie en leyenda. Yo estoy buscando la génesis de sus mitos, el mejor comienzo posible, la mejor manera de empezar a contar quienes fueron, o mejor aún, quiénes son. No es que sea equivocado empezar a hablar de Pelé mencionando sus orígenes modestos: según cuentan, en la humildad de su infancia las pelotas de fútbol eran un lujo que estaba fuera de alcance para los niños de su clase social, y lo que había a mano para divertirse eran naranjas, con las que aprendió a hacer jueguitos. Eso no está mal para contar la historia de un gran futbolista, pero yo, insisto, no elegiría ese comienzo para hablar de su leyenda, me resulta más atractivo empezar desde ese debut en el mundial del ’58, porque esa indicación que le dieron es significativamente más parecida al protagonista del relato, esa indicación se parece más a Pelé. No al Pelé jugador que se salía del molde adentro de la cancha, pero si al Pelé diplomático alineado con el poder de turno.

Y por esos caprichos de la memoria, que uno nunca sabe cómo ni porque se acciona, me acordé sin querer queriendo del esperado debut de Lionel Messi en la Selección Mayor Argentina:

…Messi ya había sido campeón con la Selección juvenil y a nadie, le gustase o no el futbol, se le pasaba desapercibido ese pibito argentino multi-premiado que la rompía en el Barcelona de España. Atrás había quedado el miedo a que España lo nacionalizara y lo hiciera jugar a su favor, porque ya lo habían hecho jugar oportunos partidos oficiales para las juveniles de Argentina que le inhabilitaban esa posibilidad al país europeo. Entonces llegó la convocatoria para integrar la Selección Mayor. Fue en un partido de morondanga, de esos que juegan las selecciones por cuestiones puramente económicas y vacías de contenido. Ya casi no se juega al fútbol por ningún otro motivo que no sea generar dinero. El partido en sí no importaba, era una excusa televisada para que el mundo fuese testigo del romance que nacía entre la Selección Argentina y el último fenómeno del fútbol. En ese contexto el crack hizo su sponsoreado debut. En el presente los jugadores de fútbol son unos muchachitos engreídos, de aspecto bien cuidado y prolijo, Messi era la nueva gran promesa y parecía –a diferencia del resto– más interesado en jugar que en peinarse. Teniendo que ceder a fuertes presiones de auspiciantes y dirigentes, el técnico de aquel equipo decidió que habían pasado suficientes minutos del segundo tiempo como para realizar un cambio, y lo mandó a la cancha. La expectativa inflamó las retinas de un mundo sobre-comunicado, la auspiciada promesa estaba por cumplirse, por concretarse. Lionel Messi entró a la cancha con todo el peso del marketing encima de su pequeño físico, pero cuando le llegó la pelota, la primera pelota que tocó en su debut con la Selección Mayor, Leo es tan crack, le sobra tanta velocidad y tiene tantas ganas, que inició una carrera supersónica hacia el arco rival. Apenas estaba despegando cuando un rival mezquino lo agarró de la camiseta y él, para zafarse del agarrón, hizo un movimiento semejante a un codazo. Por ese movimiento, Messi se fue expulsado de la cancha en su debut con la Selección Mayor, a menos de un minuto de haber ingresado.

Todos nos quedamos con las ganas. El partido continuó sin Messi pero indudablemente debió haber terminado en ese mismo momento. Los que queríamos encontrarle un comienzo auspicioso y Maradoniano a la leyenda de Messi teníamos que seguir buscando.

 

Las épocas en las que nacieron estos tres jugadores son muy distintas. Los espectadores somos distintos, ellos son distintos. El fútbol es distinto. A Pelé había que imaginárselo a través de los relatores que intentaban describir sus habilidades por la radio. Brilló en un fútbol menos profesional y financiero; cuando las casacas estaban limpias de contaminación publicitaria, cuando se jugaba por jugar, por la gloria, por el amor a los colores. Los videos de Pelé jugando al fútbol son escasos, de mala calidad, y con un ritmo que nos es extraño. A veces me parece creer que le está haciendo un gol a Carlitos Chaplin. Hay un solo partido registrado con imágenes nítidas donde se lo puede ver jugando para un equipo muy poco creíble que tenía de arquero a Sylvester Stallone. A Maradona lo atravesaron décadas explosivas en las que todo cambió: los medios de comunicación se multiplicaron exageradamente, la política y las sociedades dieron giros violentos que provocaron huracanes, y la FIFA se convirtió en una multinacional de facturación ilimitada, sin nada que envidiarle a la venta de armas o drogas. Con Messi la maquinaria ya estaba en pleno funcionamiento, se lo llevaron antes de que creciera y lo hicieron crecer. Supieron de sus características y esa maquinaria se puso a su disposición. En la era del fútbol administrado como empresa un buen administrador debe conocer la diferencia entre un gasto y una inversión; tomaron una buena materia prima y confeccionaron un mejor producto terminado que se vende como pan caliente.

El primero, Diego, sedujo a las multitudes, en principio, por su destreza futbolística; después atrajo a las multinacionales. Al ser el mejor jugador del juego más popular, contrajo fama. De esa fama se fueron trepando los oportunistas, y por ella pagaron bien los publicistas. Primero lo transmitieron de boca en boca por sus méritos deportivos, después no dejaron de transmitirlo en todos los medios posibles por cualquier cosa que fuere. Nombrar a Maradona genera dinero, entonces hay que nombrarlo, preguntarle algo, sacarle una foto. Publicarlo es el fin, si no es por una proeza dentro del campo de juego que sea por un escándalo privado. Algún día deberían contarse las horas de filmaciones con imágenes de Maradona jugando a la pelota, y compararla con las horas de Maradona respondiendo reportajes. La vida de Diego fue el primer y más largo reality show que se haya emitido, y aún continua vigente. Sin antecesores de su misma dimensión en donde verse reflejado, sin parámetros ni experiencias previas de cómo se debe sobrellevar el título de “persona más conocida del planeta”, Diego se las arregló como pudo, siendo él. Desde entonces, Diego Armando Maradona es nombre propio pero es también adjetivo, porque describe un modo, un estilo, un de qué manera. Fue consciente del rol que le tocaba interpretar en cada ocasión: para jugar los partidos definitorios asumía el cargo de Creador de Hazañas y Afines, disfrazado de barrilete cósmico desparramaba talento, rivales, y coraje; para jugar los partidos amistosos y benéficos, en cambio, se encargaba de darle al público lo que el público había ido a buscar, animaba el show desparramando talento, rivales, y alegría. Siempre tuvo un gran sentido escénico, es dueño de una mirada expresiva que sabe utilizar, sabe también cuál es el instante preciso para largar la puteada, la mueca de dolor, el gesto cómplice, o el llanto conmovedor. Su vida entera está colmada de momentos así, de cuento, de guión cinematográfico, de comedias felices y de dramas crudos, de suspenso, y de fantasía. Su vida es una acumulación de muchas vidas distintas, independientes pero sutilmente interconectadas por una constante: siempre fue la cenicienta que mandó al carajo al príncipe, la caperucita que echó a patadas en el culo al lobo, el coyote que puso nerviosos a los correcaminos. Diego fue el chiquilín que se animó a decir que el rey estaba desnudo. Fue sencillo amarlo, porque se animó a enfrentarse a los malvados. No llegó hasta ellos para acomodarse mejor entre el lujo sino para ponerlos en evidencia y dejarlos en ridículo. Escaló desde muy abajo y cuando llegó a la cima se enfrentó con los nefastos personajes que desde allá arriba lanzan sus desperdicios y escupen para abajo; pero él llegó para mirarlos a los ojos y devolverles las escupidas cara a cara. Fue heroico cuando debió serlo, sin renegar. Se equivocó muchas veces, y pagó su culpa. Es natural que se equivocara porque siempre dio el paso al frente, jamás esquivó su compromiso ni le sacó el cuerpo, más bien todo lo contrario, lo puso en juego aun cuando no debió hacerlo. Nunca entendí porque les llaman valientes a los súper héroes que frenan las balas con el pecho, sabiendo que tienen el pecho de acero; Diego fue mi único héroe en este lio, porque intentó frenar locomotoras que venían de frente, pero con un pechito de carne y hueso, con un cuerpo rompible, e incluso roto. Si lo amaron hasta en el rincón más lejano de la tierra, cómo no lo íbamos a amar nosotros los argentinos, si nos muestra todas las virtudes de las que somos capaces, si se nos parece tanto. Si sus enemigos son los mismos que los míos, que los nuestros. Si siempre tuvo todo en contra, si siempre se sobrepuso a la adversidad. Si nos hizo sentir orgullo, nos vengó, y nos reivindicó. Después algunos se olvidaron del orgullo que sintieron por Diego, le soltaron la mano cuando Diego cometió las mismas torpezas que nos caracterizan como argentinos, cuando creyó en las mismas zonceras, cuando opinó indiscriminadamente de todos los temas. Como no íbamos a defenestrarlo, si nos muestra todos nuestros errores, si se nos parece tanto. Ahí se dieron vuelta como un panqueque muchos de los mismos que lo idolatraban, se pasaron al bando de los villanos y ahora lo odian, arrojan la primera piedra sin inmutarse cada vez que tienen que opinar de Diego, se hacen los tontos con los pecados propios pero no perdonan nunca los ajenos. Y los villanos están contentos porque odian a los héroes, y entonces despliegan todos sus recursos para conseguir que al héroe lo vean como a un villano. Así como fue capaz de que lo considerasen un dios, fue incapaz de gambetear a los inquisidores que juzgan la vida de los demás desde quien sabe que pedestal de barro, e incluso les dio combustible para alimentar sus llamas supuestamente purificadoras. Pero después de cada hoguera resurgió de sus cenizas, tres días después de cada crucifixión se presentó para dar comienzo a un nuevo evangelio de los muchos que conforman su vida.

Del segundo, de Pelé, podemos decir que nunca se hizo querer por los argentinos a causa de sus actitudes, de sus declaraciones, y de su nacionalidad. Siempre pareció dolerle la existencia de Maradona, porque se sintió destronado por Diego, porque muchos decían que Diego era mejor, y por la nacionalidad de Diego. Sabemos que fue novio de Xuxa y no nos interesa mucho más. Siempre al lado de los poderosos. Siempre en el palco de los enemigos de Diego, ejerciendo su sonrisa y ceñido al protocolo.

Y el ultimo, Lionel Messi, es simplemente un maravilloso jugador de fútbol, el mejor de los actuales, sin dudas. Pero para muchos argentinos le falta algo, ya es leyenda pero no le encontramos un comienzo que nos seduzca para contarla, y no le perdonamos quien sabe que pecado que no cometió. Me hacen gracia los que sin titubeos afirman con voz de tribuna que “es un muerto”. Nadie con ojos útiles puede discutir la maravilla estética que sus goles representan. Es posible que algunos de sus movimientos no se luzcan, por la desorbitada velocidad con que los ejecuta, que no dejen la sensación de estar viendo a un jugador con clase (ejemplo de clase es Borghi), pero es evidente e indiscutible que sus maniobras suelen traer consecuencias desequilibrantes. Acepto que hasta el momento, en términos de títulos conseguidos, han sido más desequilibrantes a favor de su equipo, el Barcelona, de lo que lo han sido para la Selección Argentina, pero la verdad es que no hay manera de discutir su calidad de jugador. Los que alguna vez lo hemos criticado sabemos íntimamente que es un fuera de serie, y lo que realmente queremos decir, cuando decimos que Diego era mejor, es que a Diego lo queremos más. Decimos que Maradona fue mejor jugador, pero es porque los sentimientos nos confunden el juicio, y lo que deberíamos decir es que Messi no nos conmueve como nos conmueve Maradona, que no nos emociona con una de sus frases, con una de sus jugadas, con el recuerdo de sus hazañas. Messi todavía es Messi, y Maradona es “El Diego”. Pero Messi no tiene la culpa si nosotros esperamos cosas que no tiene porque brindarnos. Algunos argentinos no podemos quitarnos de la cabeza la idea, o la idealización, que nos hicimos de Maradona. Creemos que para ser el mejor hay que superarlo, hay que jugar en su misma posición, tener su mismo estilo, su personalidad, y su carisma; y Messi no tiene porque hacerse cargo de nuestro imaginario. Desconocemos su verdadera personalidad porque con buen criterio casi no se muestra fuera de la cancha. Le adjudicamos no comprometerse del todo con la Selección Nacional, casi no le conocemos la voz, no sabemos qué opina de nada y como no sabemos… opinamos. No nos conforma. Quisiéramos que se la juegue, adentro y afuera de la cancha también, que tome posiciones firmes con declaraciones polémicas, que opine aunque no estemos de acuerdo con lo que opina, que muestre de qué lado está, que tenga enemigos poderosos, que se contradiga categóricamente, que alce la voz, y que cometa errores. Queremos motivos extra-futbolísticos para poder amarlo, y con esos mismos motivos, a su debido tiempo, condenarlo al odio más extremo. No logramos identificarnos con alguien que no muestra sus imperfecciones privadas, y que por lo tanto no se parece a nosotros. No congeniamos con el chico retraído, tímido, que no lidera, porque los argentinos nos sentimos extrovertidos, cancheros y capos. Pero esas no son las condiciones necesarias para ser el mejor jugador del mundo, y él no tiene porque ser lo que nosotros queremos que sea. Messi no ha logrado comprarnos, meternos en sus bolsillos, y es probable que no le interese hacerlo si para eso tiene que pagar un precio más alto del que paga jugando al fútbol de la manera extraordinaria en que juega. Asesorado, sabe que todo lo que tenga que ver con él será noticia. A cuenta gotas podemos leer algunas declaraciones, apenas se lo puede escuchar cuando responde esporádicas preguntas, y las publicidades que protagoniza son como de cine mudo. Él parece tener todo a su favor, parece que todos están de su lado, y eso le juega en contra para convertirse en nuestro héroe.

 

El primero, Maradona, ha sido muchos hombres a lo largo de su vida, todos ellos enfrentados con la adversidad, contestatarios, de amigos y enemigos poderosos, de amores y odios profundos, de convicciones firmes. Acertadas y desacertadas, pero firmes. Rulos largos, ondas a medias, mechón amarillo. Barba completa, barba candado, bien afeitado. Gordo, flaco, obeso. Aritos, dos relojes, habano, camisa de Versace, y tatuajes. Con tinta permanente sobre la piel de su castigado cuerpo ha explicitado con quienes se identifica: eligió tatuarse (entre otras cosas) los nombres de sus hijas para representar el contenido de su corazón, y la cara del Che Guevara para representar la personalidad de su espíritu. Tiene sentido, ¿A quién iba a tatuarse?. ¿No fue acaso un revolucionario contra el orden establecido, un rebelde contra los hombres de traje que esclavizan despiadadamente a los de pantalones cortos?. Endiosado por muchos, demonizado por otros. Diego ama y odia con desmesura. Genera amores y odios desmedidos. Lejos de acomodarse en el bienestar de sus laureles, o reposar sobre su dinero, salió a denunciar el reparto inequitativo de los beneficios, la explotación y el desamparo. ¿A quién iba a tatuarse?.

Supongo que el segundo, Pelé, nunca se tatuaría. No creo incluso que tatuarse le parezca una conducta aceptable. Siempre prolijo, correcto, inalterable. Siempre el mismo Pelé, acomodado entre los directivos que le toman la leche al gato. Y así como la cara del Che es el tatuaje indicado para la piel de Maradona, si coinciden conmigo en que ese dibujo que Maradona lleva en su brazo es representativo de su espíritu, podremos también coincidir en que si acaso Pelé osara tatuarse algún futuro e inexistente día, si pretendiera representar toda su obsecuencia dibujándose el cuerpo con tinta indeleble, le correspondería tatuarse las caras despiadadas y cínicas de João Havelange y de Joseph Blatter.

Ahora bien, poniéndome insistente con razonamientos absurdos, quisiera imaginarme posibles tatuajes adecuados para Messi. Desconozco si ya tiene alguno. Tampoco sé si le interesa tenerlos, o si sus múltiples compromisos comerciales se lo permiten. Lo digo sin ánimo de burla, ni en desmedro de Messi, ni nada que se le parezca: no estoy seguro de sorprenderme demasiado si un día de estos, mientras miró un partido del Barcelona por televisión, las cámaras hacen foco en la piel de Messi para que se distinga claramente, en HD, un tatuaje pactado por contrato: el logo identificatorio de alguna marca registrada que lo auspicia.

 

Escribí esto con la intención de resaltar diferencias, después de todo, nos la pasamos buscando semejanzas antes del mundial 2010, y así nos fue. Mis comparaciones son tan caprichosas, y arrastradas de los pelos, como lo eran aquellas coincidencias previas al mundial de Sudáfrica. Al primero, le dijeron que hiciera lo que sabía, y se creó a sí mismo, como pudo, a su imagen y semejanza. Al segundo, le dijeron que no intente sobresalir hasta que se le fueran los nervios, y les salió un Pelé. Y al último no sé que le dijeron, pero debutó con una tarjeta roja precoz, y todavía no logramos convencernos de que sea “El Enviado”.

Siempre me gustó pensar en ese caño de Maradona como un hecho que presagiaba todo lo posterior, toda su carrera y su rápida beatificación. Yo sé que meter un caño en la primera intervención profesional de su carrera no fue lo que lo transformó en el mejor jugador de fútbol de todos los tiempos. Es una creencia apócrifa y sin sustento, lo sé. Entiendo que las cosas no son lineales, que se puede incluso tener un mal debut y luego convertirse en una gran leyenda. Es difícil, pero posible, reservado sólo para jugadores excepcionales como Messi. Entiendo que Diego pudo no haber metido un caño en su debut, y que aun así se hubiera consagrado como el mejor jugador de la historia. Pero eso no pasó, pasó que el tipo metió un caño, y para mí eso fue un presagio.

Creo que sólo debemos darle tiempo a la historia, y tal vez, antes de que podamos darnos cuenta, tendremos el inicio perfecto para contar la leyenda de Lionel Messi. Una leyenda que no viene a eliminar a la de Maradona, sino que viene a sumarnos otro mito. Yo tampoco encuentro todavía esa anécdota mágica y premonitoria por dónde me gustaría que se comience a narrar su mito. Estamos parados sobre su presente mientras él lo va inventando, y así, es difícil poder evaluar la exacta magnitud de su figura. Con apenas 24 años ha conquistado un número escalofriante de títulos, grupales e individuales, pero eso se parece más a una historia que a una leyenda. Por ahora todo es estadística, historia en construcción, y leyenda sin principio. Mientras los hinchas del Barcelona están satisfechos, adoran al ídolo y aprovechan para gozarlo periódicamente, los argentinos continuamos discutiéndolo, buscándole un comienzo adecuado a la leyenda, y parece que hasta encontrarlo no podremos empezar a disfrutar de su talento. Se nos avecina la oportunidad perfecta para enamorarnos de Messi: nuestros sueños más felices podrían cumplirse en el año 2014, en el estadio Maracaná, si el capricho de los resultados quiere que se juegue una final histórica, soñada, y Messi nos regala el comienzo más extraordinario que hubiéramos podido imaginar para narrar su leyenda.


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